29/08/2009
09/08/2009
“Prasthanatraya” (el Canon del Vedanta advaita)
En este artículo, resumidamente, voy a citar, de la forma más ordenada que pueda, las obras canónicas y clásicas de esta escuela sapiencial (Vedanta advaita). Lo que sigue será sobradamente conocido por los que ya han estudiado algo este tema, incluso puede que lo encuentren excesivamente escueto y extractado, pues en realidad es mucho más amplio y complejo de lo que aquí se expone. Evidentemente este artículo no es para esos que ya están introducidos en el estudio de la tradición, sino para los que recientemente acaban de tomar contacto con ella. Me consta que hoy, a pesar de la gran cantidad de información de que disponemos, existe mucha confusión en relación con las antiguas tradiciones sapienciales, que unos confunden con los esperpénticos montajes de algunos de esos “gurús para turistas” que proliferaron como hongos allá por los años 60-80 del pasado siglo, que explotaron la ignorancia acrítica y la ingenuidad de toda aquella joven generación, sacándoles a placer los buenos dólares que llevaban en sus bolsillos. Algunos de aquellos “santos” se hicieron multimillonarios y crearon verdaderos imperios editoriales multinacionales que les han sobrevivido... Otros confunden estas tradiciones espirituales con esa mescolanza difusa, cajón de sastre de todos los “milagros” y buena fuente también de ingresos para algunos avispados, que se ha dado en llamar “Nueva Era”. A mi entender, el nombre es incompleto, se debería llamar “Nueva era para los negocios y empleo seguro para muchos timadores”. Finalmente, a ese festival de las confusiones, viene a añadirse una tercera, también muy extendida, la de los que confunden unas tradiciones con otras, mezclando elementos diversos de aquí y allá, operación que ha facilitado ese espíritu de sincretismo que comenzó con la Teosofía y alcanzó su climax con... ¡ay, una vez más!... “La nueva era”.A “desfacer todos esos entuertos” (como se decía en el castellano del Siglo de Oro) quiere modestamente contribuir este articulito. Si bien, aplicarse a estudiar los textos, en el Vedanta advaita, también entraña un cierto peligro..., que luego mencionaré. Ahora hablaré, una vez más, de sus ventajas, yo diría incluso que de su necesidad para los occidentales que estamos interesados en este “camino”... En primer lugar hay que decir que un estudio, o al menos una aplicación habitual a las lecturas que se indicará, constituirá una excelente “vacuna” que nos inmunizará de caer en manos de todos esos falsos “gurús”, sectas, etc., de los que todavía quedan bastantes...; y también nos evitará las confusiones de la “Nueva Era”, que es como un cáncer que invade y corroe toda la vida espiritual de nuestro tiempo.
Por otra parte, la propia tradición, aconseja la lectura de las escrituras, como introducción a la “sadhana” (camino o “practicas”) que nos recomendará e indicará el maestro...
Ahora hablemos un poco de los inconvenientes... En el Vedanta advaita solamente se persigue el conocimiento de Brahman (el Sí Mismo o Absoluto, Uno sin segundo) y ese “conocimiento” no es mental, intelectual, sino que ha de ser directo, experiencial, intuicional, vivencial... De modo que en modo alguno se ha de tomar el estudio o lectura de los textos como si estuviéramos preparando un examen de la asignatura de filosofía del bachillerato o la licenciatura... Si llegamos a decir “esto ya me lo sé”, ¡será la señal inequívoca de que no hemos comprendido nada! Eso constituiría un gran error de planteamiento. Tampoco estos estudios han de traducirse en estériles polémicas para lucimiento personal o con finalidad proselitista... No hemos de convencer a nadie..., aquí carece de sentido el “apostolado”..., más bien se podría decir que, en este terreno, adquiere pleno sentido aquella frase de Cristo de los Evangelios: “El que tenga oídos que oiga”... y, podríamos añadir, “el que tenga ojos para ver, que vea”.
Las escrituras tradicionales constituyen, en suma, un “mapa” de la tradición, son valiosos indicadores... Pero luego ha de venir el “trabajo” del propio buscador, preferentemente bajo la supervisión y dirección de un maestro experimentado... Esa autoindagación que Sri Ramana Maharshi llamó “Atma Vichara” es imprescindible.
El “Prasthanatraya”, o triple Canon Vedanta, lo constityuyen tres cuerpos de escrituras en sánscrito:
*Las Upanisad
*El Bhagavad Gita
*Los Brahma (o Vedanta) sutras
LAS UPANISAD .- Estos textos sapienciales constituyen la última parte de las cuatro en que se divide el Veda (Samhita, Brahmana, Aranyaka y Upanisad), por tanto forman parte de lo que en la tradición hindú se llama la “Sruti” (lo “oído”), en alusión a que fueron aquellos míticos “videntes” de lo real, los Rishis, quienes compusieron estos textos, plasmando en ellos las revelaciones de sus intuiciones de lo real... Fueron transmitidos primeramente de forma oral, y escritos, probablemente, mucho después... El término “vedanta” significa “última parte del Veda” y, por tanto, alude a las Upanisad y, en otro sentido, a que se trata de la enseñanza “última”, más elevada, de la “Sruti”. Es preciso también saber que la “Sruti” constituyen la parte considerada más sagrada de las escrituras hindúes ortodoxas, la que tiene autoridad propia.
Se conocen unas doscientas Upanisad, según otros 108, sin embargo muchas de ellas no son auténticas, sino imitaciones de las propiamente canónicas. Un criterio de autenticidad es ver si la Upanisad en cuestión fue o no comentada por Sankara, eso constituye una indicación muy valiosa, una especie de “certificado” de su antigüedad y legitimidad. Las que cumplen este criterio de autenticidad y, por tanto, cabe considerarlas canónicas, son: Isa, Kena, Katha, Prasna, Mundaka, Mandukya, Taittiriya, Aitareya, Chandogya, Brihadaranyaka, Kausitaky, Maitrayaniya y Svetasvatara. (Según otros, las Upanisad mayores son solamente once. Kausitaky y Maitrayaniya quedarían excluidas de la anterior relación).
Los nombres por los que se conocen las distintas Upanisad están formados por la primera palabra de su texto en sánscrito: así el “Isa” (“isa vasyam idam sarvam” = “Todo lo que se mueve sobre la tierra...”); el “Kena” (“kenesitam patati presitam manah”= “¿Quién impulsa a la mente...?”).
Las Upanisad conviene que sean “los libros de cabecera” del estudiante del Vedanta advaita. Constituyen, sin duda, los textos más importantes. Alguien los ha llamado “Los Himalayas del alma”. En palabras del orientalista Max Muller, las Upanisad son “como la luz de la mañana, como el aire puro de las montañas: tan simples y tan ciertas, una vez que se han comprendido”. Su lectura ha de ser reposada, meditada, “saboreada” poco a poco... Son un alimento espiritual de “gran densidad”, en modo alguno hemos de leerlos de un tirón como si se tratase de un “bestseller”. ¡Son textos para ser leídos y releídos durante toda la vida! En cada lectura hallarermos nuevas bellezas y profundidades...
Conviene tener una edición de las Upanisad que contenga los comentarios de Sankara, que facilita su comprensión... Estas ediciones no abundan. En nuestra lengua, que yo conozca personalmente, hay dos buenas traducciones, una se debe a Consuelo Martín, Ediciones Trotta, con un volumen en el que aparecen traducidos, con los mencionados comentarios, las Upanisad Kena, Katha, Isa, Svetasvatara y Aitareya. En otro volumen aparte, de la misma editorial, Consuelo Martín ofrece la Brihadaranyaka.
Hay una monumental obra, en inglés, de Som Raj Gupta, “La palabra se revela al hombre fáustico-El Canon Vedanta comentado por Sankara”, que contiene todo el Prasthanatraya, incluyendo su texto en sánscrito, comentado también por este erudito indio. En principio parece que existía el propósito de traducirla íntegramente al español, proyecto que al parecer se frustró y solamente ha aparecido su primer volumen, de los 10 previstos, que contiene Isa, Kena, Katha y Prasna. Editorial Etnos. Su traductor, el profesor Ernesto Ballesteros, filósofo, es también un profundo conocedor del Vedanta advaita y autor de varias publicaciones relacionadas con esta tradición.
El BHAGAVAD GITA.- Este texto goza de casi tanta autoridad como las Upanisads, hasta el punto de que algunos estudiosos la consideran una upanisad más... Está integrado en la gran epopeya sánscrita del Mahabarata. Sin embargo, propiamente, ya no forma parte de la “Sruti”, sino de la “Smriti” (“lo recordado”), cuya autoridad se apoya no en sí misma, sino en la “Sruti”. Se considera que el Bhagavad Gita es una síntesis de toda la tradición hindú (“Sanatana Dharma”), por tanto admite también una lectura dualista, razón más por la cual conviene a los estudiantes del Vedanta advaita disponer de una traducción que incluya los comentarios advaita de Sankara. Disponemos de dicha traducción (Editorial Trotta), gracias, una vez más, al ímprobo esfuerzo que ha realizado la doctora Consuelo Martín.
BRAHMA-SUTRAS (o Vedanta-sutras).- Este es el cuerpo final del “Prasthanatraya”. La tradición atribuye este texto a un antiguo sabio, Badaryana. Es quizás el texto más complejo y abstracto del “Prasthanatraya”. A través de sus 555 sutras avanza en el conocimiento de Brahman. Está igualmente comentado por Sankara. Consuelo Martín ha realizado la traducción completa al castellano, en una edición que ofrece Editorial Trotta.
Hasta aquí el “Tripe Canon Vedanta” o “Prasthanatraya”
Otras obras “clásicas” del Vedanta advaita.
Procuraré no hacer una relación exhaustiva, para no cansar a los visitantes ni hacer excesivamente larga esta exposición. Mencionaré unas obras clave, que constituyen los “sastras” o enseñanzas de los grandes maestros clásicos.
* Las “Karikas” de Gaudapada, que son unos comentarios a la Mandukya Upanisad (se suelen presentar siempre las dos obras juntas). Gaudapada fue el maestro del maestro de Sankara y se le considera el primer maestro humano (no mítico) que registra esta tradición. Consuelo Martín, ¡cómo no!, las ha publicado en un libro que lleva por título “Conciencia y Realidad”, con el valor añadido de los comentarios sankarianos...
* Las obras de Sankara. Es la figura central del Vedanta Advaita, hasta el punto de que se considera que este “Darsana” (escuela, punto de vista tradicional), no estuvo plenamente constituido hasta su aparición, en fechas no muy precisas, como casi todas las figuras de la India, quizás por el siglo VI o VII de la Era común... Quienes deseen informarse sobre la figura y obra de Sankara pueden leer el libro “Sankara – La visión advaita de la realidad”, de Consuelo Martín (que nadie piense que esta señora me paga comisión por hacerle publicidad, lo que ocurre es que la cita constante de sus obras es obligada. Creo que, en nuestro ámbito lingüístico, nadie ha trabajado tanto como ella en traducir y comentar los textos clásicos del Vedanta advaita, tenemos una deuda impagable con ella).
Entre las obras atribuidas al gran Sankara, cabe citar:
“Vivekacudamani” (“La joya suprema del discernimiento”), del que tengo aquí una edición que es para mí muy querida, de la colección Arca de la Sabiduría. Traducida y comentada por Ráphael, un gran vedantista italiano. Cuando se produjo el ataque a las Torres Gemelas, me llamó por teléfono uno de mis hijos... Yo me hallaba leyendo en esos momentos precisamente este libro...
“Atmabodha” (“Conocimiento del Atman”). Hay numerosas ediciones de este librito. La que tengo yo aquí, en estos momentos ante mí, es de la Editorial Hastinapura. Está comentada por el Swami Nikhilananda.
“Drig-Drisya-Viveka” (“Discernimiento entre el observador y lo observado). Tengo ahora ante mí dos buenas ediciones de este tratado: una de Kier, con comentarios de Ráphael y otra de Trotta comentada por Consuelo Martín con el título de “Discernimiento”. Es un tratado muy profundo...
Hay más obras de Sankara, pero me parece que estas tres, junto con sus comentarios al Prasthanatraya constityuyen el núcleo de su obra.
*Finalmente mencionaré un tratado también “clásico” en esta tradición, de gran antigüedad y de autoría desconocida, el “Astavakra Samhita” o “Astavakra Gita”. Tengo ante mí dos publicaciones comentadas de este texto. Una titulada “Un dueto de Uno” (de la editorial Trompa de Elefante), de Ramesh S. Balsekar y otra titulada “Meditaciones sobre la verdad última” (Editorial Dilema), de Consuelo Martín.
Y aquí llegamos, ¡por fin!, al final de este tema. Si todo esto puede ser de utilidad y orientación para alguien, habrá valido la pena este pequeño esfuerzo.
26/05/2009
Las cuatro edades del hombre: el regreso a la normalidad
Vivimos unos tiempos caracterizados porque nadie parece saber cuál es su lugar en la vida… El resultado de esta desorientación se deja apreciar tanto en la existencia individual del hombre moderno, especialmente el occidental, como en el colectivo social. Las consecuencias de este desorden se hacen evidentes con sólo leer los titulares de cualquier periódico o contemplar los noticieros televisivos; y, ni siquiera eso, basta con salir a la calle y observar… Violencia por doquier, descontento, conflictos sin fin…Acabo de pasar por el centro de mi ciudad y he sido testigo, una vez más, de este desorden generalizado: gentes que salían de los grandes almacenes cargadas de paquetes de los más variados bienes de consumo, mientras que a la entrada varios mendigos y vagabundos, cubiertos de suciedad, pedían limosna; algo más allá, junto a la boca del metro, unas bandas de adolescentes, de colores varios, se pegaban y revolcaban por el sueño. Por allí un grupos de emigrantes africanos, vendedores ambulantes, corrían, con el género a cuestas en grandes bolsones de plástico, perseguidos por unos guardias. Algo más allá, unos “hooligans”, hinchas del equipo de fútbol más conocido de la ciudad, tan sobrados de alcohol en sus arterias como escasos de sesos en sus cabezas, voceaban no sé…qué… Camino unos metros y oigo un grito agudo: veo cómo una anciana cae al suelo, empujada por una de las “vacas sagradas” superprotegidas de nuestro sistema: el delincuente callejero, que acaba de robarle el bolso y huye más rápido que todos los dispositivos de intercepción del crimen, que, por otra parte, nos resultan tan caros como inútiles… Los demás viandantes van cada uno a lo suyo, aparentemente “sin ver”, “sin oír”, “sin sentir”, caminando ensimismados e indiferentes como zombis… Se oscila entre la extroversión tan tonta como hueca y el autismo más cobarde e insolidario. Entro para reponerme un poco en un bar, pido un café y, mientras sorbo el líquido negro y humeante, no puedo evitar escuchar cómo una señora, ya entrada en años, sentada en la mesa vecina, explica a una amiga que está saliendo ahora, tras su tercer fracaso matrimonial, con un joven que podría cronológicamente ser su hijo…, tras lo cual se explaya, ufana y sin inhibiciones de ningún tipo, en la descripción de todo un escabroso repertorio acerca de sus relaciones y juegos sexuales… ¡La antología del disparate! Si Dante hubiera contemplado estos espectáculos podría haber incorporado algunas de estas escenas surrealistas a su inmortal obra…, también El Bosco podría haber encontrado en todo esto una buena fuente de inspiración para sus lienzos.
En lo personal depresiones, estrés, ansiedad, frustraciones, etc. En lo social conflictos, violencia, injusticias, inseguridad… No quiero cargar las tintas en esta descripción puesto que el panorama es sobradamente conocido por todos y se percibe en toda su crudeza, de forma muy especial, en las grandes urbes. Con esta situación, los psiquiatras y psicólogos tienen bien asegurada una clientela abundante para todo su curso profesional.
¿Qué está ocurriendo en nuestras sociedades? Cuando disponemos de una sobreabundancia de bienes de todo tipo, recursos tecnológicos, información, avances científicos, etc., ¿qué ha pasado? ¿Qué nos falta? ¿Qué hemos hecho mal? ¿Por qué, a pesar de todo lo que tenemos, somos tan desdichados y sentimos tanta inseguridad?
En este “post” voy a hacer algunas reflexiones acerca de las posibles causas profundas de lo que está pasando y luego culminaré con una propuesta de solución… ¡muy sencilla!
No sabemos para qué estamos en la vida ni qué tenemos que hacer con nuestras existencias… Parece que todos los esquemas tradicionales se rompieron y sólo nos queda la búsqueda insaciable del placer… Hemos edificado nuestras vidas sobre algo tan inestable y esclavizante como el deseo… El Buda ya proclamó hace más de dos milenios, con claridad meridiana, que el sufrimiento tiene como causa el deseo y su consecuencia inevitable: el apego…; y precisamente todo el desarrollo de nuestras sociedades modernas no se fundamenta en otra cosa más que en la búsqueda incesante del placer y… lo que suponemos nos asegurará la consecución de todas nuestras necesidades y ambiciones: el dinero. Es decir, el camino que nos propone la sociedad actual va justamente en dirección contraria a la indicada por la sabiduría.
Con este “norte”, el transcurso de nuestras existencias está abocado a una sucesión de disparates desde la adolescencia hasta la senectud más avanzada… La orientación errada comienza, sin lugar a dudas, en la educación, quizás hasta en el seno mismo de las familias, para prolongarse –y agravarse- en la escuela, institutos y demás instancias educativas… Sobre esto se han vertido ríos de tinta y, por tanto, lo voy a obviar para no prolongar en exceso este artículo, y me centraré en algo de lo que no se habla tanto: cómo se entiende hoy en día la vejez, qué modelo de vida se propone a los ancianos.
Si en las sociedades tradicionales la ancianidad era muy respetada se debía a que se les consideraba depositarios de un poso muy valioso de sabiduría. Los ancianos en esas sociedades eran una fuente de consejos y orientaciones, y, por tanto, cumplían una importantísima función social que todos sabían valorar. Por el contrario, en la actualidad, el anciano ha perdido totalmente ese rol tradicional. El anciano actual comienza por no reconocer su ancianidad…, continuamente se le dice –y se dice a sí mismo- “que está muy joven”, “que tiene que disfrutar aun mucho de la vida”, etc..., entendiendo por tal disfrute la imitación de la conducta de los jóvenes y adolescentes, incluso en sus escarceos amorosos… No exagero, he vivido durante varios años en una población turística costera que recibe, especialmente en la temporada invernal, numerosas expediciones de ancianos organizadas por la institución oficial de mi país encargada de gestionar el tiempo libre y las vacaciones de la llamada “tercera edad”… Los espectáculos que pude observar en numerosas ocasiones causaban mi indignación y me producían “vergüenza ajena”… Unos mozalbetes sabelotodo, llamados “monitores de tiempo libre” o denominaciones similares, incitaban a los ancianos de tales grupos a jugar, como si fueran infantes preescolares con globitos y toda clase de actividades pueriles e infantilizantes…, luego les organizaban festivales, bailes… invitándoles “a ligar”, “¡a ligar!”… Según me contaba un amigo que trabajaba en un hotel, las “aventuras” nocturnas y trasiego entre las habitaciones, citas sexuales, etc., eran constantes. Me decía mi amigo, que era de mediana edad, “no te puedes ni imaginar”, “¡yo no aguantaría esa marcha!”…
Naturalmente, la parca, en tales colectivos, hace sus frecuentes y previsibles visitas…, pues las leyes de la naturaleza siguen funcionando aunque no queramos enterarnos, pero se consideran “accidentes” imprevistos fuera de programa y se saca a los muertos por la puerta trasera… “¿Quién lo iba a decir?”, “¡estaba tan joven!”… Estos y otros necios comentarios semejantes se suelen oír en tales ocasiones.
No tenemos derecho a quejarnos de que este “modelo” de ancianidad solamente cause risa y desprecio a gran parte de los jóvenes… ¡No es para menos! No se puede imaginar nada tan grotesco y poco digno de respeto.
¿Qué hacer ante esto? ¿Podemos hacer algo? ¿Tiene arreglo? Pues… yo creo sinceramente que sí. Desde luego nada hay que esperar de nuestros gobernantes ni de las instancias oficiales. Nuestra sociedad, colectivamente, posiblemente aun se tiene que degradar más; quizás aun no hayamos tocado fondo, antes de que se produzca un vuelco colectivo y un cambio de modelos (hoy llamados, de forma un tanto cursi, “paradigmas”). No obstante sí podemos hacer algo, cada uno de nosotros, en primer lugar, en nosotros mismos y luego, quizás por “contagio”, otros imiten el modelo, habida cuenta de su excelencia y la mejora de vida que produce en todos los aspectos.
No se trata de hallar ese tan cacareado “nuevo paradigma”, porque el “paradigma” o modelo está ya fijado, muy sabiamente, desde hace milenios. Se trata solamente de salir de la monstruosidad actual para volver a la normalidad de la naturaleza. Así de simple. En primer lugar solamente hay que situarse en la perspectiva correcta de la vida, en las coordenadas de la naturaleza. La vida humana que comienza en la concepción y posterior nacimiento, viene, como toda la vida existente, como el propio universo, de lo inmanifestado a lo existente y luego envejece y finalmente muere retornando a lo inmanifestado. Hay pues un camino de “ida” y, después de la máxima plenitud de la manifestación, un retorno, un camino de “vuelta”. La vejez no es más que ese camino de “vuelta”. Lejos de ser un camino de degeneración y fracaso, algo que hay que negar y ocultar imitando el modelo de conducta del adolescente, es un estado muy elevado y tiene un sentido propio muy profundo.
En las sociedades tradicionales esto se conocía perfectamente, es un conocimiento atemporal, y podemos hallar rastros del mismo en todas las culturas clásicas, aunque es en la tradición de la India donde encontramos este camino trazado hasta en sus más mínimos detalles, conocimiento que aún perdura y que podemos estudiar y aplicarnos.
Según esta tradición, la vida humana se dividía en cuatro periodos diferenciados, llamados “asrama”: El “brahmacarin”, primer periodo de la vida, correspondiente a lo que entendemos nosotros como adolescencia y primera juventud de soltería, que se dedicaba al estudio del “Samhita” (primera parte del los Vedas). Después venía el periodo “grhastha” o de cabeza de familia, se trataba de la vida de adulto con responsabilidades familiares, laborales y sociales; debía estudiar durante este periodo especialmente los “brahmana” (segunda parte de los Vedas). A esta edad seguía el periodo de “vanaprastha”, que correspondía a una etapa más madura, donde se iniciaba ya un retiro parcial, a veces a los bosques, estudiando los “aranyaka” y finalmente venía el último periodo de la vida, ya de plena retirada del mundo, que era el “samyasin”, estudiando los “upasnisads” (final de los Vedas).
No pretendo sugerir que debamos aprender todos sánscrito para estudiar los Vedas y demás escrituras de la India, aunque pueda ser, por supuesto, algo excelente. Lo importante, a mi entender, es que entendamos el fondo de lo que nos está indicando esta enseñanza, para adaptarla a nuestra vida, o, mejor dicho, para adaptar nuestra vida a ella. El primer “asrama” corresponde a la etapa juvenil del estudiante, tiempo de formación, pero acompañados del “brahmacharya”, que se puede traducir como castidad – ¡oh horror!, concepto hoy políticamente incorrecto- pero que, desde siempre, se ha considerado en ciertas etapas de la vida como muy aconsejable para formar el carácter y enseñar algo que nos será muy útil a lo largo de toda la existencia: el autocontrol… Pero no quiero abundar en esa materia, que daría para otro o varios artículos más. Sigamos con los otros estados. El segundo corresponde a la vida de adulto con las máximas responsabilidades sociales, laborales y familiares (se verá que este esquema nada rehúye y contempla la vida en su integridad, donde todo tiene su tiempo y lugar). El tercer estado corresponde ya al primer grado del “camino de vuelta”, con una retirada parcial de las actividades sociales, laborales y familiares y un incremento de la atención hacia las cuestiones espirituales. Finalmente el último periodo, de “samyasin”, ya supone una retirada exterior completa de las cuestiones mundanas y una plena entrega a la vida interior. Esta fase final, anterior a la muerte, lejos de suponer un fracaso es la culminación de la vida, su máximo esplendor y realización.
Esta puede ser la vida humana digna de tal nombre y merecedora de ser vivida.
09/05/2009
¿Hay “sadhana” en la No-dualidad? Apercepción.
En todos los caminos espirituales que tienen como base una visión dualista de la realidad existe siempre un método, “sadhana”, práctica o conjunto de prácticas que se recomiendan al neófito y que éste debe realizar con asiduidad y disciplina, aplicando su voluntad, si quiere, como le indican sus maestros o instructores, progresar por ese sendero y alcanzar, algún día (ya sea en esta vida, en una supuesta vida futura o en “otro mundo”), la ansiada meta de la iluminación, liberación, autorrealización, salvación, etc., etc. Normalmente esas prácticas no terminan nunca en la vida y, cuando alcanzan o creen alcanzar por fin el término de su sendero, continúan aplicados al método -ya sea éste alguna técnica meditativa, yoga u oración- no se sabe muy bien si porque no están seguros de haber alcanzado el fin propuesto, consideran que aun deben perfeccionarlo, temen perderlo o, simplemente, porque quizás se han convertido en adictos del propio sistema y se ven incapaces de abandonarlo.
Esos métodos incluyen como componente esencial un código más o menos estricto de normas morales, que se considera también imprescindible. Ese código suele ser difícil de seguir y las infracciones a lo largo de la vida del aspirante pueden ser más frecuentes de lo deseable, de ahí que se hayan inventado diversos “remedios” para reconducir al caminante al sendero ético correcto, como la confesión, arrepentimiento, propósito de la enmienda, mortificaciones varias, etc.; y luego… ¡vuelta a empezar! Así suele ser el sendero de esos practicantes, una lucha contra lo imposible, insuperablemente simbolizada en el mito de Sísifo.Las prácticas dualistas (ahí se pueden incluir todas las religiones y casi todos los yogas, técnicas de meditación, etc.) se basan en considerar que el tiempo (pasado, presente y futuro) es el escenario necesario para el desarrollo de nuestra mente, alma, conciencia o como quiera que se le llame. La “meta” está, por tanto, en el futuro, y hacia ahí deben tender nuestros esfuerzos y aspiraciones de perfección.
El espectáculo de una comunidad de monjes rezando o cantando, ya sean oraciones, salmos, sutras, etc., de yoguis practicando concentración y meditación, a veces en posturas un tanto insólitas, meditadores aplicados tenazmente a sus técnicas, en maratonianas sesiones y sentadas, día tras día, año tras año…, ilustran este generalizado concepto de la espiritualidad: Rezos, rosarios, liturgias, repeticiones sin fin de diversas fórmulas… Parece que se quisiera rendir y abrir las puertas del “cielo” a fuerza de machaconería y persistencia. La vida espiritual se considera así como una “carrera”, que resulta ser sin término, mucho más larga que cualquier currículum académico, considerando hasta los últimos posibles doctorados…
Este apego a los métodos, técnicas y prácticas es muy profundo. Nos han inculcado que es la única forma de lograr o “conseguir” algo y, por supuesto, de alcanzar esa emancipación o realización a la que aspira todo buscador espiritual.
Cuando uno deshecha esos esquemas y se adentra en las enseñanzas de la “No-dualidad”, sea o no Vedanta, al menos al principio comprobará que aun no ha podido desembarazarse de esa demanda de una técnica o método… El buscador se encuentra con las manos vacías y no sabe qué hacer… “¿Qué debo hacer?”, “¿cuál es la práctica?”, “¿dónde está el método?”, son las preguntas habituales dirigidas a los maestros…, a las que estos responden con evasivas o bien de forma directa diciéndoles “que no hay práctica ni técnica alguna”. Otros, quizás compadeciéndose de los aspirantes, les trazan un camino intermedio, que temporalmente les pueda ser útil, reservando para una posterior madurez el enfrentamiento con la cruda realidad: “todo método es ilusorio, un autoengaño”…
Tradicionalmente, en el Vedanta Advaita, se habla del “asparsha yoga”. El término “asparsha” significa aquello que es intangible, inaprensible… El asparsha yoga está basado en el ejercicio de un no-dualismo radical, también se le conoce como jñana yoga. Es expuesto por Gaudapada (el maestro del maestro de Sankara) en su comentario al Mandukya Upanisad. En realidad no es otra cosa más que la práctica sin concesiones del discernimiento metafísico (“viveka”), distinguiendo la única realidad (Brahman) de lo que es ilusorio (maya). No es propiamente una práctica, sino un ejercicio de comprensión, más allá de toda disciplina o técnica concreta, de esfuerzos personales y de estrategias… Algo sumamente sencillo y, paradójicamente, muy difícil, por la continua tendencia al apego de nuestro ego y la confusión de la mente.
La comprensión es pues el “camino”… Un “camino” que no es camino, sin tiempo ni espacio, con un único escenario: aquí y ahora. No es un concepto intelectual, sino la aprehensión directa de la realidad en un acto de profunda penetración intuitiva. En nuestra lengua existe una bella palabra que se aproxima a la descripción de esta comprensión: apercepción.
Dice el diccionario de la Real Academia que apercepción es: “Percepción atenta y clara, con conciencia de ella”. Vemos aquí los siguiente ingredientes imprescindibles de la apercepción: percepción, atención, claridad y conciencia… Pero… ¡cuidado con las palabras y, más aun, con las definiciones! Nisargadatta dijo que una verdad, cuando se repite, deja de ser verdad porque ya se ha convertido en concepto.
01/05/2009
"La búsqueda", por Ramesh S. Balsekar
Los que nos interesamos actualmente en España por la tradición del Vedanta Advaita estamos de enhorabuena… Lejos han quedado ya aquellos tiempos en que debíamos hurgar por las librerías de viejo en busca de algún texto perdido, generalmente editado en Argentina o México. De tal modo, éste que escribe, pudo “pescar” en la cuesta de Moyano de Madrid, allá en su adolescencia, un volumen del “Gnana Yoga” del Swami Vivekananda, primera y fascinante noticia -quizás no muy genuina- que tuvo de esta escuela sapiencial. Mientras tecleo estas líneas en el ordenador, no tengo más que levantar la vista para localizar en uno de los estantes de mi biblioteca el citado libro –muy remendado ya, pero aun legible-, una de mis más preciadas “joyas”, por los recuerdos entrañables que me trae, testigo elocuente de mis primeras inquietudes de buscador, seguidas casi inmediatamente por los relatos de Brunton acerca de Ramana Maharshi.Hoy, ciertamente, el panorama es muy distinto. Contamos ya con una traducción íntegra a nuestra lengua, realizada en España, del triple Canon Vedanta (“Prasthanatrayi”: Upanisads, Bhagavad Gita y Brahma Sutras) con los comentarios de Sankara, gracias al trabajo realizado por Consuelo Martín, así como de las principales obras de Sankara, Gaudapada y otros, de numerosos comentarios, hasta llegar a los maestros contemporáneos, especialmente los más celebrados: Ramana Maharshi y Nisargadatta Maharaj.
Ahora nos está llegando un goteo continuo de traducciones de las obras del último gran advaitin vivo: Ramesh S. Balsekar. Generalmente se presenta a Balsekar como el continuador fiel de Nisargadatta y, al propio tiempo, también discípulo de Ramana Maharshi. Sin duda es así, pero estos aspectos no agotan la originalidad de la enseñanza de Balsekar… Este maestro se caracteriza por su estilo directo y por expresarse en un lenguaje sencillo y actual. Al ser hombre de educación occidental y escribir personalmente sus textos en inglés, sin valerse de amanuenses e intérpretes, consigue que su mensaje nos llegue de forma más directa, sin alteraciones.El libro que quiero comentar aquí, “La Búsqueda”, data al parecer del año 2004, por lo que quizás sea representativo de las enseñanzas más actuales de Balsekar. El texto recoge diálogos de Balsekar con sus visitantes, que se desarrollan en el espacio de tres días. Tres días son los que Balsekar considera necesarios para captar el meollo de su mensaje, que se puede sintetizar en una proposición bien escueta: “No existe hacedor alguno”. Los acontecimientos ocurren, surgen sin que, en último término, se pueda decir que tengan un autor. Siendo Balsekar un vedantin, no tiene ningún problema en invocar la enseñanza del Buddha, al que evidentemente concede máxima autoridad.
Nos dice Balsekar en “La Búsqueda” que la única diferencia entre un sabio y un hombre común consiste en que el primero sabe que “no existe hacedor alguno”. Ese saber tan simple, en el bien entendido de que se refiere a un conocimiento no meramente intelectual, sin fisuras, es, según Balsekar, la esencia misma de la iluminación o autorrealización.
Balsekar nos propone únicamente un ejercicio muy simple como “sadhana”: tomar cualquiera de los hechos de nuestra vida cotidiana y rastrearlo hasta sus orígenes más profundos, hasta constatar que el evento, simplemente, acaeció, sucedió por causas ajenas a nuestra voluntad, confirmando así que, tras el suceso, no hay hacedor alguno.
Esta enseñanza ya está más o menos explícitamente expuesta por otros autores, pero creo que nadie como Balsekar ha sabido enunciarla de un modo tan directo e… ,incluso, ¡tan crudo!
-->Entrevista a Ramesh S. Balsekar:
26/03/2009
"La sabiduría recobrada", de Mónica Cavallé
Hace unos meses remití un e-mail a su autora, Mónica Cavallé, surigiriéndole la conveniencia de que escribiera un tratado sobre filosofía perenne. Pensaba que después del famoso librito de Aldous Huxley de ese título, tan conocido por todos, que vio la luz hace ya más de sesenta años, no se había publicado ninguna monografía con ese enfoque esencial de la filosofía. Si alguien, en nuestro ámbito lingüístico, estaba llamado a escribir ese tratado, no podía ser nadie más que Mónica Cavallé, dada la brillante trayectoria de esta filósofa, especializada en estudios comparados entre los pensamientos de Oriente y Occidente, pionera en España del asesoramiento filosófico y profunda conocedora de una de las fuentes principales de filosofía perenne: el Vedanta Advaita, que había sido el eje central de su tesis doctoral. Cuando por fin llegó a mis manos un ejemplar de este libro y tuve la oportunidad de leerlo, caí en la cuenta de que la escritora se había adelantado en más de una década a mi sugerencia. El libro que yo pensaba debía escribirse, esa filosofía perenne después de Huxley, no era otro que “La sabiduría recobrada” (subtitulado "Filosofía como terapia").
A pesar de la excelencia del libro –o quizás precisamente por eso- un extraño signo adverso parece cernirse sobre él. En primer lugar hay que decir que, hoy por hoy, el texto no parece fácil de encontrar en nuestras librerías. Después de recorrer varios establecimientos de Barcelona en su busca, saqué la impresión de que sus dos ediciones (la primera de Martínez Roca de 1995 y la segunda de Oberón, Grupo Anaya, de 2002) topaban con dificultades inexplicables para su distribución, a pesar de no estar oficialmente descatalogadas.Otra anécdota curiosa que gravita sobre el libro: más de 60 páginas del texto fueron casi literalmente copiadas por un avispado psicoterapeuta de relumbrón, de esos cuyas publicaciones ocupan lugar de privilegio en los anaqueles de “autoayuda” de las librerías de los centros comerciales… Ese pillo plagiador suplió con tan indecorosa artimaña su escasez de talento, de tal modo que su impresentable refrito, enriquecido con esos “retales” sustraídos, consiguió ventas millonarias…, mientras que el original, “La sabiduría recobrada”, permanecía casi desconocido… ¡Oscuros milagros del marketing! En la red puede encontrarse abundante información sobre este suceso.
Pero hablemos un poco del contenido del libro, que es lo verdaderamente importante. Ya en la introducción la autora nos explica que existen “dos filosofías” bien distintas, que acaso solamente comparten el nombre. Una sería la que convencionalmente se entiende como tal, la filosofía disciplina intelectual, especulativa, académica, que es esencialmente racional y erudita, patrimonio de profesores y especialistas. Otra es la filosofía fiel a sus orígenes, que pretende la transformación del propio filósofo y que es para ser vivida. Esta última es la sabiduría o filosofía perenne.
El texto no tiene desperdicio, desde el principio al fin todo es apretada sustancia. La autora, de modo seguro, nos va guiando por los caminos en que esa sabiduría inmemorial se ha ido manifestando a lo largo de la historia, a la par que va desgranando las notas esenciales que la caracterizan; y todo ello con un discurso no exento de pasión que engancha al lector y le hace recorrer con interés todas sus páginas. Para no entretenerles con mis comentarios personales, que en sí son de escaso interés, les remito, como anticipo, a que lean un capítulo del libro que se halla publicado en la página web de Mónica Caballé (click aquí).
Antes de cerrar este comentario, me gustaría dejar bien en claro un extremo que me parece importante: no se debe confundir esa literatura, hoy por desgracia tan extendida y popular, que se ha dado en llamar de “autoayuda” (un servidor piensa que ese nombre quizás quiere decir que ayuda a que sus autores se compren lujosos autos) con textos escritos con sabiduría y honestidad, que orbitan en la influencia de la filosofía perenne, como es el caso del libro reseñado aquí de Mónica Cavallé. Pertenecen a categorías bien distintas. Aunque un examen superficial pudiera concluir que tratan temáticas afines, sus diferencias de enfoque son tan grandes -incluso desde un punto de vista estrictamente literario- como distintas resultan las calidades gastronómicas de un restaurante de comida rápida y otro de alta cocina.
Como vivimos en las ciudades en espacios muy reducidos y en nuestros pisos apenas queda sitio para nada, es preciso ser muy selectivos con lo que guardamos. Por ello me permito darle, amigo/a lector/a un pequeño-gran consejo: Reúna todos los libros de “autoayuda” que tenga en casa y bájelos rápidamente al contenedor de la basura, así ganará espacio para almacenar textos que realmente valgan la pena. El que esto escribe hizo eso hace ya algunos años y considera que fue una de las decisiones más acertadas que tomó en toda su vida.
29/01/2009
"El universo holográfico"
Acabo de terminar la lectura de “El Universo Holográfico”, libro divulgativo de Michael Talbot, publicado en 1991, meses antes del fallecimiento de su autor, cuya traducción nos llegó hace dos años editada por “Palmyra”.Esta lectura me ha dejado dos impresiones algo contrapuestas: la primera extraordinariamente estimulante, cual ha sido comprender un poco las ideas del Dr. Bohm, uno de los físicos más importantes del siglo XX, discípulo de Einstein y… ¡seguidor de Krishnamurti!, uno de los dos inspiradores –el otro es el psicólogo Pribram- de las tesis de este libro.
Al Dr. Bohm se debe la teoría del universo concebido como un holograma o, mejor aún, como un “holomovimiento” o movimiento holográfico, que se despliega desde un orden implícito, estrato superior de la realidad, hacia nuestro mundo conocido, el del orden explícito. Las consecuencias de esta genial teoría, que armoniza la mecánica cuántica con la teoría de la relatividad, son de un alcance incalculable, proporcionando una explicación de numerosos fenómenos hasta ahora considerados poco menos que imposibles, como los que son objeto de la parapsicología. Las ideas del Dr. Bohm van más allá de la ciencia, tal y como es entendida convencionalmente, y entran de lleno en el terreno de la metafísica, encontrando no pocas similitudes con el Vedanta. El Dr. Bohm llegó a considerar el universo de la “realidad objetiva” como una mera ilusión, una proyección desde un orden superior, el cual, a su vez, admitía una serie infinita de órdenes transcendentes.
Naturalmente, las ideas del Dr. Bohm no pasan de ser una bella hipótesis, ya que la física exige, para ser tal, una comprobación experimental, pero, en ese sentido, se encuentra en parecida situación a las teorías formuladas por otros físicos, como la teoría de cuerdas, que pretenden esa ecuación universal, esa definitiva “teoría del todo”.El texto es ameno, se deja leer bien y mantiene la atención del lector hasta el final, con un exceso, quizás, de casuística, que producirá un cierto desconcierto en lectores, como éste, algo inclinados al escepticismo, que preferimos quizás poquitos casos y bien contrastados.
Pero el bucear un poco en las ideas del Dr. Bohm, merece sobradamente la lectura de este librito, que recomiendo a mis visitantes.
Si quieres profudizar en el tema, te recomiendo que leas este artículo
14/01/2009
"En busca del universo invisible", de Luis Martos Herbás
Tal y como prometí en la anterior entrada, he aquí el comentario al libro que estaba leyendo… ¡Iba ya por la tercera edición y yo sin enterarme! He pasado muy buenos ratos en las pasadas navidades leyendo esta originalísima obra de un autor prácticamente desconocido: Luis Martos Herbás, que fue descubierto, ¡cómo no!, por ese “monstruo” de sabiduría literaria que es Sánchez Dragó. Luis Martos es abogado de profesión -era, puesto que ya está jubilado- y filósofo de corazón.El libro surge, según relata el propio autor, como consecuencia de toda una vida de lectura de los filósofos y una consecuente reflexión (e intuición) propia que fructifica en un sistema metafísico originalísimo que bautiza como “neoplatonismo dialéctico”.
Martos se confiesa platónico. Su neoplatonismo dialéctico es consecuencia natural del desarrollo de aquél. El sistema que diseña Luis Martos tiene fuertes connotaciones dualísticas y maniqueas: Dios, suprema perfección por encima y más allá de todas las cosas, indescriptible, infinito, absoluto, más allá del ser y del no ser (como el Brahman nirguna del Vedanta Advaita o la Divinidad del Maestro Eckhart), crea un mundo perfecto y eterno (el mundo de las ideas platónico) que Martos llama el “Doror”. Por el contrario está la materia, que no es creación divina, y es coeterna con Dios. Si Dios y su mundo perfecto (el “Doror”) son la fuente de todo bien y perfección, la materia (que en sí es inconsistente, “vacía”) y sus formas representan, por su alejamiento de la Divinidad y su “Doror”, el mal en diversas gradaciones, según su grado de alejamiento del “Doror”. El hombre es “criatura” material, con una mente material, pero puede ajustarse y elevarse al “Doror”…
Otro atractivo de la obra de Martos es el marco literario en que desenvuelve su pensamiento: una extraña tertulia de peculiares filósofos que se reúnen todos los domingos en un caserón del extrarradio madrileño. Esos extravagantes personajes, tres de los cuales se dicen discípulos de un maestro ya fallecido (Teófilo), ante un “bufet” bien surtido de cervezas y otras bebidas no… precisamente “light”, de las que se sirven generosas raciones, discuten y exponen sus ideas en un coloquio desigual, donde también se divaga y se regresa una y otra vez, como en una fuga bachiana, en diferentes estratos de profundidad, en torno a ese “neoplatonismo dialéctico”.
Martos realiza, de vez en cuando, generalmente en extensas notas a pie de página, curiosas digresiones, no exentas de un fino sentido del humor, en torno al mundo del derecho y de la política española, consecuencias de su experiencia profesional como jurista. Según el autor, el derecho es lo más cercano a la metafísica.
Ahora voy a abordar la lectura de su continuación, que se titula “En el umbral del universo invisible”… Ya les contaré.
21/12/2008
Libros, densidades, ritmos… Elogio de la lectura
Debo confesar que soy un lector empedernido… Sé que esta actividad no es demasiado bien vista en ciertos ambientes espiritualistas. Aun recuerdo la advertencia de una monja veterana cuando, hace unos años, me inscribí en un centro de meditación zen: “Nada de libros, los libros no sirven”… Naturalmente, no duré mucho allí y no me consideré discípulo de esa dama enemiga de los libros.La verdad es que nunca hice caso de ese tipo de advertencias y, a estas alturas, me felicito de haberlas desoído, máxime cuando muchos de los que las profieren habitualmente se dedican luego, con fervor digno de mejor causa, a tamborilear tamtans, tañer campanas, canturrear salmos, sutras o mantras, quemar inciensos varios, castigar el suelo y sus personas con reiterados golpes de cabeza en extrañas postraciones, contorsiones, golpes de pecho y todo tipo de liturgias, más o menos pintorescas y gestuales.
Un servidor, y que me perdonen los puristas de determinadas prácticas, prefiere abrir un libro y leerlo pausadamente mientras sorbe un cafetito…, siempre le ha sacado más “sustancia” a tal actividad que a los folklores varios. Cierto es que los libros no nos conducirán necesariamente a la iluminación, en el supuesto de que exista tal cosa como “la iluminación” y no constituya, como algunos dicen, nada más y nada menos que el simple y a la vez dificilísimo arte de estar centrados y despiertos en el momento presente, aquí y ahora… No, los libros, por sí solos, no nos llevarán a la “iluminación”, pero también parece evidente que las liturgias y ceremonias tampoco conducen a ningún sitio, de modo que, cada uno, libremente, practique aquello que más le llame. Yo, con permiso, seguiré leyendo. Los que prefieran otros “senderos”, muy dueños son de transitarlos, que cada uno de su capa puede hacer un sayo…
De modo que seguiré leyendo, que es actividad pacífica y no hace mal a nadie, excepto a la propia ignorancia.
En este blog seguramente comentaré varios libros que he leído y otros que tengo en tal “proceso”, cuando los finalice… Se me acumula la faena… Sobre la mesita de noche unos quince volúmenes de diferentes densidades y espesuras aguardan sus desiguales turnos; que cada lectura exige su tiempo y su ritmo. ¿Han observado cómo los más voluminosos y que requieren mayor esfuerzo de atención quedan debajo, mientras otros más “ligeros” ocupan las primeras capas? Sin embargo ese fenómeno tiene infrecuentes y afortunadas excepciones… Desde el viernes pasado (ahora es el domingo por la noche) un libro muy especial ha captado mi atención y a pesar de sus más de 400 páginas, me tiene completamente absorbido en su lectura. Cuando tenemos la fortuna de toparnos con un texto de esas características, se produce un auténtico “diálogo” atemporal con el autor y la mente queda como “fecundada” de ricas ideas.
Pero de ese libro hablaré mejor en el próximo artículo.
Janaka
DEBATES SOBRE LA LECTURA:
"LIBROS":
08/12/2008
Sobre la meditación
Quería compartir con los visitantes de este blog algunas reflexiones acerca de la meditación.Lo primero que se me ocurre se debería decir al mencionar “la meditación”, así, en singular, como si de una cuestión unívoca se tratase, es que, más propiamente, habría que hablar de “las meditaciones”, ya que “la meditación”, lejos de tratarse de una práctica única, agrupa bajo esa denominación toda una pléyade de técnicas, prácticas, actitudes, etc., tanto de “factura” clásica, oriental, como occidental. Caminos antiguos y modernos… El “menú” de la meditación es tan amplio y heterogéneo como los productos de un centro comercial. En nuestra cultura moderna y occidental el mercado ha entrado “a saco” en ese “sector” y la “oferta” es variadísima. Además hay que aclarar que algunas de esas prácticas están administradas por algunas entidades, organizaciones y personajes que hacen de esas enseñanzas un lucrativo negocio.
¿Cómo orientarse en ese bosque y llegar a algunas conclusiones coherentes? El problema no es sencillo. Voy a tratar de esclarecer un poco aquí esta cuestión, basándome, como no podría ser de otra forma –con todas las limitaciones que ello implica-, en mi experiencia personal de varios años de “meditador”, que ha estudiado teóricamente y probado diversos caminos.
Se me ocurre que “las meditaciones” se podrían agrupar en tres grandes apartados, que ya, de entrada, me parece conveniente advertir que tienen poco de común entre sí:
a).- Meditaciones terapéuticas. Este es el campo de los psicólogos y terapeutas e incluso de la medicina o, al menos, de cierta medicina alternativa. Este tipo de meditaciones son, fundamentalmente, de elaboración occidental y moderna, aunque algunas puedan estar más o menos fundamentadas en técnicas de origen oriental. Tienen un claro objetivo: curar a la persona de diversos males, especialmente de aquellos que caracterizan al hombre urbanita de hoy, como el estrés y la angustia, la depresión, los complejos, el miedo a la muerte, etc. Incluso algunos de esos sistemas ofrecen un recetario terapéutico de lo más pintoresco y detallado: “cúrese de sus problemas sexuales y de pareja”, “cómo tener éxito en el trabajo”, "cómo hacer amigos", etc. Su correlato literario son los manuales de "autoayuda". No estoy muy bien informado de ese tipo de “meditaciones”, confieso que no me han atraído nunca. Quizás uno de los sistemas más serios que se han elaborado en ese campo es la sofrología. Quienes se interesen por ello, pueden ver más información en este vídeo:
b) Meditaciones espirituales. Estas, a mi entender, son las que propiamente merecen el nombre de “meditación”. No pretenden liberar a la persona humana de sus males cotidianos, considerados aisladamente, sino que van más allá. Su planteamiento es radical. Constituyen un camino hacia “la iluminación”, hacia la trascendencia. Hay también varias clases, casi todas ellas vinculadas a las grandes tradiciones espirituales y religiosas, especialmente el Buddhismo y el Hinduísmo, aunque también se dan en otras tradiciones. Personalmente conozco tres bastante de cerca: el raja yoga , el soto zen y la vipassana.
El ZEN:
¿Qué decir sobre estas técnicas? No niego que puedan ser efectivas y conducir al fin último que se proponen, su misma supervivencia a lo largo de numerosos siglos (milenios ) constituye un indicativo de que son caminos serios. Su práctica requiere mucho tiempo y constancia, son itinerarios para toda una vida, en los que hay que ser especialmente tenaces. Implican un dualismo, ya que existen unas técnicas y unas prácticas que, naturalmente, se desarrollan en el tiempo… Hay en ellas un objetivo; y aunque algunas de esas escuelas aconsejan “no fijarse objetivos”, el objetivo existe… en el futuro.
c) Finalmente mencionaré las meditaciones de la “no dualidad”. Las enseñanzas de Krishnamurti, el Vedanta Advaita y, actualmente, Eckhart Tolle van por ahí… Se basan no en técnicas, sino en la comprensión, en la atención al momento presente y su aceptación. El descubrimiento de estas enseñanzas, cuando por fin uno las capta intuitivamente, suponen una revolución interior, un hallazgo sensacional. En este último apartado es preciso incluir los seminarios de investigación que dirige en España la doctora Consuelo Martín.
Krishnamurti y el Dr. Bohm dialogan sobre la mente:
Krishnamurti, el Dr. Bohm (físico), Rupert Sheldrale (biólogo)
y John Hadkey (psiquiatra) adentrándose en la conciencia del
ser humano:

